gototopgototop
 
 
PDF Imprimir E-mail

 A letter from...

 
James Hillman

Sometimes actual journeys affect the travel of the mind.  Quite possibly I began the psychological move "south" not in Europe, traveling around Italy for a month in the Spring of 1947, but earlier, by bus, by myself, day and night, in the summer of 1942 and 1943, to Mexico City where I stayed eight weeks each time.

Age 16 and 17: a world opened.  Escuela de Verano of the Universidad de Mexico, street food, Cantinflas, radical professor who hated Standard Oil, paso doble songs and trumpets, leather vendors by the Zocalo addressing me as "joven"; seats in the sun at the bullfights and watching the bull butchered afterwards; more trumpets, a taste of pulque, beggars, women in rebozos with broad bare feet in public; the shock of so many skinned and bleeding Christs; lectures on Latin American history the Spanish of which I could rarely follow, though the passion found me; third class wooden trainbenches to Queretaro, Guanajuato, the lake by Guadalajara, Oaxaca, and then a ten dollar flight to the border of Chiapas and on to Guatemala with another Yankee just a bit older.

"Another language, another soul", they say.  But it is more than another language.  It is the exposure to the Other, so that you become a bit estranged, slightly ajar in your framework, on one leg only, uncomfortable.  Is this not the awakening of the psychological as the misfit perspective?  And, is not the crossing of the border downwards a geographical concretization of the necessary inward-downward step out of assumed security.

Now six decades or more later I am happy to know that, with this website, I am again traveling south, not in corpore but in the corpus of my writings.

Signed in affection and gratitude,

James Hillman

 

 

 

Una carta de...

James Hillman

En ocasiones, las travesías reales afectan el viaje de la mente. Es muy posible que mi movimiento psicológico hacia el “sur” haya comenzado no en Europa, viajando por Italia durante un mes en la primavera de 1947, sino antes, en un camión, en los veranos de 1942 y 1943,  viajando solo, día y noche, rumbo a la ciudad de México, en donde me quedaría ocho semanas cada vez.

16 y 17 años de edad: se abre un mundo. Escuela de verano de la Universidad de México, comidas en la calle, Cantinflas, un profesor radical que odiaba a la Standard Oil, trompetas y canciones de paso doble, boleros en el Zócalo que me llamaban “joven;” asientos de sol en las corridas de toros desde donde veía cómo después el animal era matado después; más trompetas, un trago de pulque, limosneros, mujeres con rebozos y los pies descalzos en público; el shock de tantos Cristos heridos y sangrantes; clases de historia latinoamericana en un español que rara vez podía seguir, aunque su pasión me encontró; asientos de madera en la tercera clase de un tren a Querétaro; Guanajuato, el lago cerca de Guadalajara, Oaxaca, y después un vuelo de diez dólares a la frontera entre Chiapas y Guatemala, con otro yanqui un poco mayor que yo.

Hay un dicho: “otro idioma, otra alma.” Pero esto es algo más que otro idioma. Es la exposición ante el Otro, de tal manera que te desavienes un poco y tu marco de referencia se entreabre ligeramente, como quien está en una sola pierna, incómodo. ¿No es esto el despertar psicológico en la forma de una perspectiva inadaptada? ¿Y no es el cruce de la frontera hacia el sur la concreción geográfica del necesario paso hacia dentro y hacia abajo que nos aleja de nuestra supuesta seguridad?
Hoy, seis décadas o más después, me da gusto saber que, a través de este sitio web, viajo de nuevo al sur, si bien no in corpore, si en el corpus de mis escritos.

James Hillman